Memorias de un viaje a Torres del Paine, Chile.

Memorias de un viaje a Torres del Paine

¿Alguna vez has visto una postal de las Torres del Paine sin sentir unas ganas locas de estar ahí? Esa imagen que aparece en las guías turísticas de Chile, en gigantografías en los aeropuertos del país y en destacados libros de fotografía, es capaz de lograr ese efecto en muy poco tiempo y en casi todas las personas que la ven.

Memorias de un viaje a Torres del Paine

Es lo que me pasó a mí por lo menos hace un par de años. La vi y decidí que ir a las Torres del Paine estaría en la lista de cosas que quiero hacer antes de morir. No importaba cómo haría mi viaje ni lo que estaba dispuesta a gastar, para mí lo importante era visitar la octava maravilla del mundo.

Más allá de las Torres del Paine

Las torres de granito ya me habían conquistado, pero de todas formas quería saber qué más tenía que ofrecer el Parque Nacional Torres del Paine antes de organizar mi viaje. Lo que encontré fue una grata sorpresa. Dentro del parque es posible visitar diferentes glaciares, entre los que destaca el Grey. Ubicado sobre el lago del mismo nombre, su coloración azulada y témpanos flotantes es una de las imágenes más impactantes del lugar y un atractivo que no quería dejar de ver. Leí también que se organizan paseos en bote para acercarse al glaciar y soñé con estar a metros del hielo milenario.

Otra de las cosas que descubrí es que este parque alberga alrededor de 50 pumas, convirtiéndose en el mejor lugar del mundo para el avistamiento del felino más grande de Chile. En este punto, quise investigar un poco más y buscando información en diferentes sitios, entendí que ver un puma era cuestión de suerte. Ojalá pueda toparme con alguno.

También comprendí que los trekkings y circuitos como la W o la O, las famosas rutas para adentrarse hacia las Torres del Paine, no son la única posibilidad para explorar el parque. Existen muchas posibilidades para cabalgar por sus pampas o caminar entre senderos como el Mirador Cóndor con vistas panorámicas a los Cuernos del Paine y lago Pehoé, o el Mirador Ferrier en el lado este del parque, entre otros. Todo lo que leía me parecía maravilloso.

Manos a la obra

La decisión de ir estaba más que tomada. Ahora tenía que averiguar cómo. Comencé con la idea de ir acampando en los refugios y campamentos del parque. Quería vivir la naturaleza al máximo y despertar ahí mismo, pero no estaba segura de estar preparada para vivir una experiencia en este lugar remoto en un camping. Tampoco me fascinaba la idea de cargar sobre mis hombros la ropa y comida que necesitaría para mis días de aventura. Entonces decidí buscar “alternativas de hospedaje y hoteles en Torres del Paine”. Estaba en esa búsqueda, cuando me topé con explora, el único hotel de lujo al interior del parque nacional.

La propuesta de explora Patagonia, con más de 40 excursiones para explorar los rincones del lugar que tanto quería conocer, parecía fascinante.  Se puede escoger entre caminatas o cabalgatas, de medio día o día completo y además incluyen el paseo al glaciar Grey. Revisé las habitaciones y todas tenían increíbles vistas a la naturaleza que rodea el hotel. Las del lado sur tenían vista hacia la cascada Salto Chico y las otras parecían tener los Cuernos del Paine en su interior. La cama se veía reponedora y el Spa con sus jacuzzis exteriores eran una invitación muy tentadora. No se diga más. Hice click y reservé cuatro noches en explora Patagonia. La promesa de la compañía decía que no iba a tener que preocuparme de nada más que de disfrutar.

Vivir la experiencia explora

Aterricé en Punta Arenas por la mañana y me estaban esperando en el aeropuerto para llevarme al parque. Me subí a la van con otros dos viajeros y comenzó la aventura. En el camino, me dieron un libro con la filosofía de explora y un mensaje de bienvenida para comprender cuál sería nuestro itinerario. Viajaríamos por unas cinco horas y media, disfrutando el paisaje y pararíamos a comer algo antes de llegar al hotel.

Unas horas después, un guía me recibió en explora para enseñarme mi habitación e invitarme a explorar por la tarde. Me sugirió la caminata Mirador Cóndor. Dejé mis cosas y me preparé para la excursión. Salimos caminando desde el hotel y subimos hacia el mirador desde donde pudimos ver todo el parque. Me mostró los nidos de los cóndores, nos topamos con guanacos y yo gocé estando ahí. Estaba en el Parque Nacional Torres del Paine, algo con lo que había soñado desde que esa imagen se puso ante mí.

En la tarde, antes de comer, se me acercó un guía para proponerme una exploración al día siguiente. El desafío fue grande. Me ofreció subir a la base de las torres. “Mañana el día va a estar precioso, no te puedes perder las Torres del Paine con el sol que habrá”, me dijo. Aunque tenía pensado hacer esa exploración en mi último día, me acordé de lo que había leído: el clima en la Patagonia es una lotería y a veces hay que tomar decisiones a último momento para no perder la oportunidad de ver las torres de granito.

El momento ha llegado

Base de las Torres del PaineEsa mañana desperté ansiosa. Quería conocer de cerca las torres y para eso tenía que caminar nueve kilómetros. Nos equipamos con bastones, agua, snacks y unos sandwichs para el almuerzo. Comenzamos la caminata y de a poco nos fuimos adentrando por un bosque maravilloso. A ratos nos encontramos con otros caminantes y nos alentamos unos a otros. El camino era tan lindo que no importaba cuántos pasos quedaban por delante ni la pendiente del sendero, y así fue como llegamos a la cima. Una laguna turquesa en las faldas de las enormes torres de granito me daba la bienvenida.

Había llegado a la meta. Por fin conocía las Torres del Paine. Tal como lo había adelantado el guía, el clima nos acompañó. Estaba soleado y el azul del cielo contrastaba con las nubes y las torres. Me acerqué a la laguna y me sentí muy pequeña. Mientras apreciaba el paisaje, el viento resoplaba en mi cara. Era perfecto. Me devolví hacia donde estaba el guía y mis otros compañeros de viaje para tomar una sopa caliente y almorzar con esa vista impresionante.

El retorno también tuvo su encanto. Volvía contenta por lo que había logrado: caminar esos kilómetros y conocido las Torres del Paine. Y lo mejor fue que, cuando íbamos en la van hacia el hotel, vimos un puma. Ahí estaba entre las lomas, sentado majestuosamente observando todo su alrededor. Nos bajamos del auto para contemplarlo mejor. Definitivamente ese fue mi día de suerte.

Totalmente recomendable

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Los días que siguieron en mi estadía no dejé de sorprenderme con cada una de las exploraciones que tomé. Conocí el glaciar Grey, saliendo en desde el muelle del hotel por las aguas turquesas del Lago Pehoé. Cabalgué por el río Serrano y conocí el lado este del parque subiendo al Mirador Ferrier con vistas a glaciares, ríos y montañas cubiertas por bosques.

Demás está decir que la comida del hotel era deliciosa y la cama era tan reponedora como se veía en la página web. Disfruté de los jacuzzis al aire libre y sentí que la promesa se había cumplido.

No tuve que preocuparme de nada más que de disfrutar. Un destino menos en mi lista de lo que tengo que conocer antes de morir, probablemente el próximo sea Isla de Pascua. Me comentaron que también hay un explora.

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