Torres del Paine, Rincón del fin del Mundo
Noticias

Torres del Paine, Rincón del fin del Mundo

Los libros de geografía deberían decir que el extremo sur de América es una tierra especial, poblada por los sueños de todos los aventureros, y que sus límites son muy precisos: es el fin del mundo. El parque nacional Torres del Paine es la joya de la naturaleza de la Patagonia chilena.

Torres del Paine

En estas tierras perdidas de la Patagonia chilena parece que todo tiene otra dimensión. En Torres del Paine, todo está lejos de todo, todo es inmenso en la soledad de los espacios abiertos. Hay estancias, las más cercanas a Puerto Natales, que todavía tienen algo de contacto con el exterior, lo que significa que pueden oír la televisión, es decir, que llega el sonido pero no la imagen, que se debe de perder por los páramos batidos por el viento. Esto sí que es el fin del mundo.

Más allá de Puerto Natales, la carretera es una somera pista de grava muy poco transitada, y aumenta la sensación de soledad. Ya no hay más pueblos, apenas un grupo de casas en Cerro Castillo, donde hay un puesto fronterizo con Argentina. Sólo se pasa junto a las entradas a las estancias, tan grandes que muchas veces la vista no llega a distinguir ninguna vivienda desde el coche. Quizás algún puesto donde se recogen las ovejas.

Paisajes inconcebibles en Torres del Paine

Al final, en una vuelta del camino, se distingue la silueta imposible del Cuerno del Paine, la montaña más espectacular del parque. Torres del Paine es un destino soñado de montañeros y amantes de la naturaleza, que encuentran en esta tierra virgen el mejor escenario posible para caminatas y escaladas. Hay quien lo define como una Alaska en miniatura, y es un conjunto de glaciares, lagunas, bosques y montañas de paredes tan inclinadas que la nieve no llega a agarrarse.

Torres del Paine también es territorio salvaje, donde abunda el puma y el zorro, y desde la carretera se divisan las manadas de guanacos con sus chulengos, las crías menores de un año, y algún que otro ñandú huidizo. Es emocionante distinguir en este camino, por primera vez, la silueta de un cóndor sobrevolando el páramo o el azul intenso del lago Sarmiento.

Hay una sensación de aventura, de internarse en un lugar hermoso y remoto. Pero todo se acentúa al extender un mapa del parque y soñar con las rutas de los próximos días. Se hace duro elegir entre el valle del Francés y la base de las Torres, o entre el glaciar Grey y el lago Nordenskjöld. Hay incluso una ruta a pie alrededor del macizo que lleva más de una semana para recorrerla.

Una quietud insólita

Será difícil olvidar el primer amanecer en Torres del Paine. Antes del alba el viento se detiene, y a orillas del lago Pehoé todo está en calma. La cordillera parece flotar sobre las aguas, cambiando de aspecto cada minuto en la claridad creciente. De la cumbre del Paine Grande, la montaña más alta, cuelga la masa de hielo del Ventisquero Francés, y en la luz clara de la mañana parece que está al alcance de la mano. De repente, un rayo de sol ilumina la cima del Cuerno, y el resplandor es una llamada para lanzarse a explorar este mundo remoto.

Se puede empezar por una caminata al Salto Grande, la catarata por la que desagua el lago Nordenskjöld en el Pehoé. Todo el parque es un complejo sistema hidrológico, y el río Paine al principio es un rosario de lagos que desaguan unos en otros, desde el lago Dickson, que está alimentado por el deshielo de los glaciares del Campo de Hielo Sur, una inmensa masa helada que de hecho divide el país en dos.

Esta es otra de las razones que hacen pensar de Torres del Paine como el fin del mundo. Aquí han terminado los caminos. Para viajar hacia el norte habría que pasar a Argentina en Cerro Castillo, o tomar un barco en Puerto Natales. La frontera del parque es una barrera infranqueable de hielo que ocupa desde los Andes hasta el mar. Desde el Salto Grande se continúa hasta la orilla del lago Nordenskjöld. Allí enfrente está el Cuerno Principal, y el Valle del Francés, que se interna en sus laderas, cubierto de niebla.

Un lugar del que hablar

Por la noche, ya sea en el refugio o en el hotel de lujo construido dentro del parque, las conversaciones giran en torno a la naturaleza y los pioneros. Alguien recuerda que todavía hay pumas merodeando por estas montañas y que hace apenas un par de años mataron a un pescador. Es un hecho insólito. Siempre ha habido pumas que han matado ovejas en las estancias cercanas. Incluso se sabe de casos en que las madres llevan a sus crías a matar ovejas sólo para que aprendan a cazar, pero no que atacaran al hombre. Al fin, uno de los guardas del parque identificó al puma asesino y lo abatió de un tiro. Era necesario, porque el animal que le pierde el miedo al hombre se vuelve peligroso. Cómo se puede estar seguro de cuál era el puma que se buscaba es algo que queda en el misterio de una sabiduría que sólo da el vivir en esta tierra. En esta región todavía no está domesticada la naturaleza salvaje.

Otro día se llega por una pista hasta la guardería del lago Grey para iniciar una caminata hasta el lago. Se cruza el río Pingo por un puente colgante y se atraviesa un bosque de lengas y coihues, denso y sombrío. Después se llega a una gran playa a orillas del lago Grey, adonde van a parar los témpanos de hielo que se desprenden del glaciar. Son azules, de formas caprichosas, algunos grandes como casas, que han cruzado el lago flotando. Subiendo a una pequeña colina, la vista alcanza hasta el ventisquero que nace del mismo Campo de Hielo. Si se reserva se pueden hacer recorridos en lancha por estas aguas frías, sorteando los témpanos, buscando aquéllos con formas más insólitas. Dentro de unos meses, cuando el verano haya avanzado, prácticamente habrán desaparecido todos, y el lago tendrá una imagen mucho más corriente, sin los gigantes azules flotando a la deriva.

De granito, agua y animales

El parque toma el nombre de las Torres, un grupo rocoso de paredes verticales que desde esta zona apenas se distinguen detrás de los Cuernos. Dando la vuelta al macizo se tiene una perspectiva mucho mejor de estas moles de granito. Desde la laguna Amarga, donde suelen anidar los flamencos, las Torres dominan el horizonte. Igual que el lago Sarmiento, esta laguna tiene un alto contenido salino debido a ser cuencas cerradas, sin desagüe. El agua se pierde por evaporación, y deja una capa blanca y blanda en la orilla, que añade un punto extraño al lugar.

Una de las mejores caminatas es la que lleva hasta la laguna que está en la base de las Torres. Hay que subir durante horas, y atravesar otro bosque de lengas. Hay un pico, el Nido Negro de Cóndores, que sirve para orientarse en el camino. La subida es dura, pero la llegada a la laguna ofrece la vista cercana de un mundo vertical de roca, un imán irresistible para escaladores expertos.

En noches de luna nueva y con el cielo despejado, el cielo austral se llena de miles de puntos de luz. Pero es como mirar otro cielo distinto, con las estrellas revueltas, sin el orden de las constelaciones al que estamos acostumbrados. Al escudriñar este cielo desconocido es fácil pensar que hay algo de pagano en esta región, donde se pueden ver cóndores y zorros bañarse en un lago alimentado por aguas que han estado congeladas durante siglos, y donde la presencia del hombre es muy reciente.

Suscríbete al explora News. Recibe nuestras noticias todos los meses.